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Odontología

Mal aliento que no se va con el cepillado: por qué aparece y cómo se trata

·Clínica Soto de la Moraleja

Mal aliento que no se va con el cepillado: por qué aparece y cómo se trata

Hay una preocupación que casi nadie plantea de entrada en la consulta y que, sin embargo, sale en cuanto hay algo de confianza: «creo que me huele el aliento y ya no sé qué más hacer». Suele llegar después de meses de chicles en el bolsillo, colutorios de farmacia, cepillados de cuatro minutos y esa costumbre de hablar girando un poco la cara.

girl with red and white toothbrush in mouth

Conviene decir dos cosas desde el principio. La primera es que el mal aliento, lo que en consulta llamamos halitosis, casi siempre tiene una causa concreta e identificable. La segunda es que tapar el olor no sirve de mucho: el enjuague enmascara durante veinte minutos algo que va a volver, porque lo que lo produce sigue ahí. En Clínica Soto de la Moraleja, en Alcobendas, lo abordamos al revés: primero buscamos de dónde sale el olor y después decidimos el tratamiento. Te contamos cómo funciona.

¿Por qué huele el aliento? Lo que pasa de verdad en la boca

El olor no lo produce la comida que has tomado, salvo en casos puntuales como el ajo o la cebolla, que se absorben y se eliminan por el pulmón durante unas horas. El olor persistente lo producen unas bacterias que viven sin oxígeno en las zonas donde el cepillo no llega bien. Al degradar restos de proteínas, de comida, de células descamadas o de sangre de una encía inflamada, liberan compuestos de azufre. Son esos compuestos, y no la falta de pasta de dientes, los responsables del olor característico.

De ahí sale el dato que más sorprende a los pacientes: en torno a nueve de cada diez casos de halitosis se originan en la propia boca. Es decir, que el problema rara vez está en el estómago, aunque sea lo primero que casi todo el mundo piensa.

Las causas que están dentro de la boca

La lengua, la sospechosa número uno

La parte posterior del dorso de la lengua es una superficie rugosa, con surcos y papilas, y es el lugar donde más se acumulan esas bacterias. Cuando se forma una capa blanquecina o amarillenta en el tercio final de la lengua, tenemos el origen del olor en más de la mitad de los casos. Es también la causa más fácil de corregir, porque se limpia, pero hay que hacerlo bien: con un limpiador lingual, de atrás hacia delante, sin frotar de forma agresiva y todos los días. El cepillo de dientes por encima no es suficiente.

Las encías inflamadas

Una encía que sangra al cepillarse está inflamada, y una encía inflamada genera olor. Si la inflamación ha avanzado y hay bolsas periodontales, esos espacios entre el diente y la encía son un refugio perfecto para las bacterias anaerobias: sin oxígeno, con restos y fuera del alcance del cepillo. Aquí el mal aliento suele ser el síntoma que trae al paciente a consulta, pero el problema de fondo es la enfermedad periodontal, que además va destruyendo el hueso que sujeta los dientes. Es la causa que más nos interesa descartar pronto, porque el tiempo juega en contra. La Sociedad Española de Periodoncia lleva años insistiendo en lo mismo: el sangrado nunca es normal.

Caries, empastes viejos y prótesis que no ajustan

Una caries abierta acumula restos que fermentan. Un empaste con filtración, una corona con un borde desajustado o un puente al que no llega la seda crean los mismos rincones. Lo mismo ocurre con una prótesis removible que no se retira ni se limpia por la noche. Y si hay una raíz fracturada o una pieza con infección crónica, el olor puede tener ahí su origen. En esos casos la conversación se parece bastante a la que explicamos en el artículo sobre cuándo un diente ya no se puede salvar y cuándo sí: primero se intenta conservar la pieza y solo después se plantean alternativas.

La boca seca

La saliva limpia, arrastra y controla las bacterias. Cuando hay poca, el olor aparece o se agrava. Esto explica el aliento de por la mañana, que es fisiológico y le pasa a todo el mundo: por la noche salivamos menos. Pero si la sequedad dura todo el día, merece atención. Puede deberse a medicación habitual (antihipertensivos, antidepresivos, antihistamínicos), a respirar por la boca, a fumar, a beber poca agua o a alguna alteración de las glándulas salivales. Un detalle que vemos a menudo: la boca seca también favorece la aparición de caries y de sensibilidad dental, así que rara vez viene sola.

Cuando la causa no está en la boca

El grupo restante, mucho más pequeño, tiene su origen en otro sitio. Los más frecuentes son las amígdalas con criptas donde se forman cálculos amigdalinos, esas bolitas blancas de olor muy intenso, y la patología nasal o sinusal con goteo posterior. Menos habituales, pero posibles, son el reflujo, algunas alteraciones metabólicas y ciertos tratamientos farmacológicos. También hay olores puntuales asociados a dietas muy bajas en hidratos o a ayunos prolongados, que son transitorios.

Por eso el orden importa: si descartamos primero lo bucal, que es donde está la mayoría, evitamos mandar a nadie a dar vueltas por especialistas sin necesidad. Y si tras la exploración no hay nada en la boca que lo justifique, entonces sí tiene sentido derivar y estudiarlo con el profesional que corresponda.

¿Cómo saber si de verdad lo tienes?

Nuestro olfato se acostumbra al propio olor, así que uno es mal juez de sí mismo. Hay dos comprobaciones caseras que orientan bastante:

  • La cucharilla: raspa con suavidad el tercio posterior de la lengua con una cucharilla de postre, deja secar unos segundos y huélela. Ahí está, más o menos, el olor que percibe quien te escucha.
  • La seda dental: pasa la seda entre dos molares y huélela. Si desprende olor, hay acumulación entre los dientes o una encía inflamada.

La tercera opción, y la más fiable, es preguntárselo a alguien de confianza. Y conviene señalar el otro extremo: hay personas convencidas de tener mal aliento cuando objetivamente no lo tienen. Se llama halitofobia, no es ninguna tontería y también tiene abordaje, pero el primer paso es igual, comprobar qué hay.

¿Qué valoramos en consulta?

Cuando alguien viene por esto, la cita no se parece a una revisión rápida. Revisamos el dorso de la lengua, el estado de las encías con sondaje para medir si hay bolsas, cada diente y cada restauración antigua, el ajuste de coronas y prótesis, y la cantidad de saliva. Preguntamos por la medicación habitual, por el tabaco, por si se respira por la boca al dormir y por la rutina de higiene real, no la ideal.

A partir de ahí, el tratamiento depende por completo de lo que se haya encontrado: una higiene profesional y limpieza lingual, un tratamiento periodontal si hay bolsas, la reparación o sustitución de una restauración filtrada, o medidas para la sequedad bucal. Cada caso necesita una valoración profesional previa e individualizada, y la mejoría depende de la causa y de cada paciente. Esa primera visita, en la que hacemos el diagnóstico y te explicamos el plan, es gratuita en nuestra clínica de Alcobendas.

Lo que ayuda en casa y lo que no tanto

Mientras tanto, hay medidas sencillas que suman: limpiar la lengua a diario, usar seda o cepillos interproximales todas las noches, beber agua con regularidad, no saltarse comidas (el ayuno largo reseca y concentra el olor) y dejar el tabaco, que ensucia, reseca y agrava la enfermedad de las encías.

Lo que no soluciona nada por sí solo: los chicles y caramelos de menta, que solo enmascaran y, si llevan azúcar, empeoran otra cosa; los colutorios usados a diario y por iniciativa propia durante meses, que pueden alterar la flora bucal y manchar los dientes (los antisépticos van pautados por el odontólogo, con una duración concreta); y cepillarse más fuerte, que no elimina bacterias de zonas donde el cepillo no entra y sí puede dañar la encía.

¿Cuándo conviene consultarlo?

Si el mal aliento dura más de dos o tres semanas pese a una higiene cuidadosa, si viene acompañado de sangrado de encías, de sabor metálico o de dientes que se notan flojos, o si te ha hecho cambiar la forma de relacionarte con la gente, no esperes a la próxima revisión.

Es un motivo de consulta muchísimo más común de lo que parece, y aquí se habla de ello con la misma naturalidad que de una caries. Si quieres que le pongamos nombre a lo que te pasa, pide tu cita con nosotros y lo revisamos con calma.

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